En mi mente los retazos de aquellos momentos pasan a siete velocidades distintas, todas juntas. El recuerdo de tu voz, de tus andares, de tu carita de diablilla, el aleteo de esa falda al ritmo de tus caderas. Cada giro y cada gesto. Tu tacto. Tu presencia misma.

Mi apetito y mis nervios subían el volumen a causa del gran día que acabábamos de pasar juntos… Y se hicieron eco en ti. Con cierta complicidad nacida del preaviso, debo admitir.

La timidez que hubiese derribó al recato mientras se desgajaba con cada nuevo roce de tus labios. Vacilantes al principio, voraces poco después… Jamás una boca me ha dicho tanto. Las palabras también fluyen junto a la cascada de besos. Nos reflejamos, nos recreamos, nos invitamos a compartir más momentos…

Y sabemos que cumpliremos.

Mis manos no dejan de gesticular y recorrerte al mismo tiempo. Dibujan un mapa en mi memoria, y aprecian el manjar en el momento. Ni siquiera este dolor que me acompaña nos agua la fiesta.

Pero como era inevitable, llega el momento de marchar. Nos dejamos tanto en el tintero que no podemos evitar seguir hablando. Mi imaginación ha encontrado mil maneras de sumergirme en ti para resurgir chorreando felicidad y placer… Con esa carita que te vuelve loca. Con el mismo descaro y la mente despierta que te atrae a esta guerra incruenta pero sin cuartel.

Estoy deseando volver a ti. Volverte a ver.

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